La recuerdo, siempre sentada en un sillón de mimbre con el pelo blanco tirante y recogido en un moño sobre la nuca; con un grueso cigarro de tabaco negro entre los dedos y entre el humo gris que envolvía, como a las diosas que pintan entre nubes, su figura curvada sobre sus espaldas; y una cara que nos daba noticias inequívocas de la hermosura corporal que debió lucir en su juventud y madurez.
 

Vivía en Sevilla, en la Calle Antolinez, junto a la Gavidia, y contaba más de cien años. Se llamaba Carmen y era la madre de mi abuela Antonia y abuela de mi madre, Pilar Triano. Y en el brillo de sus ojos y entre la destreza de sus dedos amarillos de nicotina, asentaba el orgullo que acompañaba sus palabras cuando me contaba historias de su oficio: había sido, y seguía siéndolo por su gesticulación personalísima, cigarrera en la Fábrica de Tabacos de Sevilla.
 

De todas las historias escuchadas de su boca, en aquellos tiempos de camillas con braseros de cisco picón encima del cisco carbón, encendidos con soplillos de palmas, había una que siempre me estremecía, una que tomó de los labios de su madre, la de su tocaya Carmen; la de la cigarrera gitana que mataron, por sus amores con un picaó, en la Puerta del Príncipe de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla. La de Carmen la de Triana, orgullo de sus compañeras de trabajo por liderar cuantas sublevaciones se organizaban contra los convencionalismos sociales de la época que aplastaban la libertad y la dignidad de las mujeres trabajadoras. La historia de la trianera que murió asesinada y vivió acorralada por cinco razones que llegan hasta nuestros días: querer ser LIBRE siendo POBRE, MUJER, OBRERA y GITANA.
 

Los ojos de la abuela de mi madre los recuerdo llenos de tristeza relatando el sufrimiento de estas injusticias aplastantes. Y luminosos, verdes, y encandilados, cuando me hablaba de la belleza y hermosura seductora de esta Carmen que dignificó su oficio y el de sus compañeras antes de que la convirtieran en mito deformado y deformante de una realidad profunda y seria como es la realidad de Triana, de sus gitanos, de Sevilla y de Andalucía.

Es por todas aquellas historias que se grabaron en mi cabeza de niño, como todos aquellos recuerdos que se clavan en las mentes infantiles, por lo que el mito de Carmen, proyectado universalmente desde la visión confusa del gitanismo, enredado en lo andaluz y enmarcado en lo español por Prosper Mérimée y Georges Bizet, siempre me ha parecido un hecho necesario de reconsideración.

La paciente lectura de documentos históricos de la vida sevillana desde 1800 a 1830, donde se producen los hechos que se hacen leyenda y generan Carmen como relato literario en la imaginación de Mérimée, refrenda mi convicción de que la historia había que reencontrarla, y rehacerla, contactando las anécdotas que nos contaba la abuela, con las noticias de la época, y entre ellas encuentro referencias en las notas de Vicente Lleó en su “Sevilla, 1790-1868. Imágenes de una sociedad” donde dice: “Carmen es el prototipo de una nueva clase, un un proletariado femenino formado por mujeres independientes no sujetas a la auroridad de un varón. Y de la misma manera que el proletariado masculino provoca una mezcla de atracción y repulsión porque encarna un formidable potencial destructor, revolucionario, el femenino, la cigarrera, encierra, (además) una carga erótica no menos destructora del orden establecido, de las buenas costumbres.”

Hay que entender con voluntad de que, en esa época, en el clima regenerativo que viven las mujeres trabajadoras sevillanas, era imposible el comportamiento desvergonzado, delictivo y frívolo, de una gitana trianera incorporada al mundo del trabajo, que le asigna la pluma de un novelista. De la historia de la cigarrera comprometida en amores con un militar por su acción humanitaria en una redada de gitanos en Triana, y asesinada por éste, herido en su honor de hombre castrense, cuando vivía enamorada, desde su libertad e independencia económica, de un picador de toros, hay un buen trecho hasta llegar a la Carmen pendenciera y bruja que reparte amores entre militares y bandoleros por tabernas y parajes de contrabando. el frívolo folclorismo surgido del mito.

Tambores y cornetas; martinetes, deblas, y tonás, con letras de la época como crónica oscura e indiscutible de la realidad popular andaluza; bailes, rabia, sangre, dolores, belleza, hechos y costumbres enraizadas en unos comportamientos heredados que no hemos tenido que aprender para, a través de ellos, dar noticias de una leyenda desnuda de pintorequismos que fue el punto de partida que originó una viciada visión romántica y complaciente de una realidad cruda y áspera mil veces agredida por el equívoco.

Desde el universo estético y sonoro donde vivió y murió Carmen, el nuestro, y con la mirada y los sentidos puestos en la búsqueda de la libertad por la que ella murió, ejercitamos nuestro derecho a limpiar con nuestro propio lenguaje, una leyenda que forma parte de nuestra propia historia, desdibujada entre bandoleros, pillos, navajas, y toreros de pitiminí, y que por su importante incidencia en el campo del arte escénico, enterró la austera y grave imagen de nuestro pueblo.

Salvador Távora